Las mujeres siempre han trabajado la tierra, aunque su contribución a la agricultura y a la ganadería ha sido invisible: el poder del campo siempre lo ostentaron los hombres. Pero esto empieza a cambiar, pues en la última década las jefas de explotaciones agrarias han crecido un 22% y ya son casi el 30% del total.

Aún queda mucho camino por recorrer para acabar con la brecha de género en el campo, pero el último Censo Agrario, recién publicado por el Instituto Nacional de Estadística, evidencia que se va reduciendo.

Un sector históricamente masculinizado

En España, en 2020, había 261.634 mujeres al frente de explotaciones agrícolas, una cifra un 22% superior que la registrada en 2009. Ellas suponen el 28,6 % del total, una cifra aún lejana al deseado 50 % pero que refleja una evolución positiva en un sector históricamente masculinizado. El número de jefes varones ha caído en el mismo periodo casi un 16 %. Hasta hace no tanto tiempo, su contribución a las tareas agrícolas y ganaderas ni siquiera se veía reconocida con un alta en la Seguridad Social.

«Hacemos una valoración muy positiva de los datos del Censo Agrario. Llevamos mucho insistiendo en que es necesario hacer políticas de acción positiva que favorezcan la participación de las mujeres en el sector: siempre han trabajado en la agricultura, pero realizando trabajos invisibles e invisibilizados. Siempre estuvieron, pero ahora han ganado visibilidad y responsabilidad y esa es una magnífica noticia para avanzar hacia un sector más equilibrado. El dato del crecimiento del 22% es magnífico», destaca  la presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur), Teresa López.

¿Qué sabemos de las más de 260.000 mujeres que dirigen explotaciones agrícolas en España en la actualidad?

El 85%, además de ser las jefas, también son las titulares de esas explotaciones. El mismo porcentaje dispone exclusivamente de experiencia agraria, mientras que un 1 % tiene estudios universitarios y el 12,7% ha recibido formación específica para su actividad.

En cuanto a la edad, las mujeres jefas son más a medida que van cumpliendo años: el 42,7% tiene más de 65 años; el 27%, entre 55 y 64; el 18,4%, entre 45 y 54; el 8,8%, entre 35 y 44; y menos del 3% de las jefas es más joven.

En Galicia, Principado de Asturias, Cantabria y País Vasco es donde más mujeres hay al frente de explotaciones. «La gente alucinaría si conociera a las mujeres superpoderosas que hay en los pueblos pequeños», subraya López.

Desde la plataforma digital para la venta y el arrendamiento de fincas rústicas Cocampo precisan a este periódico que la mayor presencia relativa de jefas mujeres se da en el olivar, mientras que es baja en explotaciones frutales, hortícolas, de aves, ganaderas mixtas, de ovino-caprino, de leche y de porcino.

La presidenta de Fademur explica que las políticas de acción positiva han tenido un gran impacto en el medio rural de cara a fomentar la participación y la responsabilidad de las mujeres en la actividad agrícolaganadera.

«Se ha avanzado muchísimo en estos años. Cuando Fademur empezó a trabajar como federación -inicios de los 2000-había muchísimos problemas para que las mujeres se pudieran dar de alta en la Seguridad Social trabajando en las explotaciones. En 2002 nos encontrábamos casos alucinantes: reticencias de funcionarios que no querían darlas de alta o pretendían hacerles un examen de tractor o les exigían que motivasen su interés por darse de alta en un escrito. Desincentivaban y dificultaban», cuenta López.

La reforma de la Seguridad Social Agraria unos años más tarde contemplaba por primera vez incentivos para que las mujeres que llevaban toda la vida trabajando en las explotaciones cotizaran: «Fue un trabajo duro y difícil, conocíamos a demasiadas mujeres cuyos primeros ingresos propios eran la pensión de viudedad«, rememora.

«Desde entonces se ha recorrido un camino muy importante y las mujeres jóvenes ya no están dispuestas a estar en una posición secundaria, aunque todavía hay un cierto sector de la población que cree que si te ocupas de los trabajos administrativos de gestión de la explotación eso no es trabajo agrario», añade.

María Lourdes es quesera y tuvo que mudarse de pueblo para poder llevar a su hijo a la guardería.

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La otra cara de la moneda

La realidad es que, a pesar de los avances que muestra el nuevo Censo Agrario, la discriminación laboral de las mujeres persiste y se manifiesta de múltiples formas en el entorno rural.

La presidenta de Fademur destaca que las explotaciones dirigidas por mujeres son más pequeñas -entre otras cuestiones porque dedican más tiempo a los cuidados– y ellas tienen más dificultades que ellos para acceder a créditos, formación y tecnología.

Fuentes de Cocampo indican que las explotaciones dirigidas por mujeres generan menos trabajo que las gestionadas por hombres, pues tienen una menor superficie agraria útil. Hacen hincapié en que los ingresos agrarios de los hombres son superiores a los de las mujeres (36.150 euros frente a 21.500), por lo que ellas necesitan completar su renta con actividades fuera de la agricultura.

Desde esta plataforma inciden además en que apenas la cuarta parte de las personas perceptoras de las ayudas de la PAC fueron mujeres en 2019, último año del que se tienen datos.

«Hay un problema de acceso a la tierra: el actual mercado es opaco y basado en intermediarios y redes masculinas, lo que dificulta que tanto jóvenes como mujeres compren tierra y emprendan nuevas explotaciones. (…) También hay un menor acceso a la financiación (las mujeres que son titulares de explotaciones tienen menos préstamos e invierten menos), lo que limita sus posibilidades de ampliar las explotaciones o avanzar en su modernización«, señalan.

Estiman necesarias asimismo acciones de comunicación y promoción que cambien la imagen masculinizada de la agricultura.

Tanto Fademur como Cocampo apuntan esperanzados a la nueva Política Agraria Común, que por primera vez incluye medidas de acción positiva para promover la entrada de mujeres al medio rural, un aspecto con incidencia en el equilibrio demográfico.

Muy poca titularidad compartida

Otra herramienta encaminada precisamente a reconocer la labor de las agricultoras y ganaderas es la figura de la titularidad compartida, que ofrece subvenciones para complementar las reducciones en la cotización a la Seguridad Social para la pareja del titular de la explotación que se incorpore a la actividad agraria.

En la mayoría de los casos, ellas trabajan en las explotaciones familiares pero aparecen en la categoría de ayuda familiar y no como titulares. La ley de la titularidad compartida entró en vigor en 2012, pero son menos de mil las explotaciones que han dado este paso.

López sostiene que el objetivo inicial era que se incorporaran 30.000 explotaciones, por lo que «queda un camino amplio por recorrer». Destaca que esta figura es fundamental porque permite a las mujeres ejercer sus derechos en igualdad de condiciones con sus parejas con las que gestionan las explotaciones.

«Hay muchísimas mujeres trabajando codo con codo con sus parejas que tienen que figurar con los mismos derechos en todos los ámbitos. Para nosotras esta es la figura que representa la esencia de la agricultura familiar, por lo que debería ser objeto de una protección especial porque estas explotaciones están en el territorio, no se deslocalizan, fijan población y nos proveen de alimentos sanos, seguros y de calidad, por lo que las tenemos que cuidar para que sean sostenibles y que, por supuesto, las mujeres estén en pie de igualdad con sus parejas», concluye la presidenta de Fademur.

La falta de empleo y perspectivas de futuro es una de las principales causas que lleva a las mujeres del medio rural a abandonarlo, otra razón relevante para que ellas, al fin, tomen el mando en el campo.